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Historia de la barba

Historia barba
La costumbre de conservar o eliminar el vello de la cara, en lugar de indicar un hábito común, mantiene diferencias a través de la diversidad cultural por todo el mundo. Hace alrededor de 30.000 años, nuestros antepasados ​​encontraron que sería posible eliminar la barba con la utilización de trozos afilados de rocas. De hecho, desde el Paleolítico varios indicios muestran que el hombre prehistórico vivía rodeado de ciertos hábitos de higiene.

En el antiguo Egipto, los pelos del cuerpo se utilizaban habitualmente para diferenciar los miembros de la sociedad egipcia. Los miembros más ricos de la nobleza, por ejemplo, dejaban crecer la barba como un signo de su condición. Sin embargo, la falta de ella no necesariamente indica algún tipo de demérito. La clase sacerdotal optaba por un total afeitado del pelo. Según los estudiosos, el hábito sacerdotal, indicaba el distanciamiento entre el mundo y los animales.

Entre los griegos el uso de la barba era muy común. La prueba es que muchas de las imagenes que representan a los filósofos griegos famosos fueron acompañadas siempre por una larga barba. Sin embargo, durante la dominación de Macedonia, la tradición estaba estrictamente prohibida Alejandro Magno. De acuerdo con el famoso líder político y militar, mantener la barba podría traer desventajas a las tropas durante un enfrentamiento.

En la civilización romana a afeitarse era parte de un ritual. Todos los niños, antes de llegar a la pubertad, no podían cortarse todo el pelo o la barba. Cuando llegan al momento de transición entre la niñez y la juventud, se afeitaban todo el vello corporal y se ofrecía a los dioses. Los senadores acostumbraban a conservar la barba como símbolo de su estatus político. En esta misma sociedad, surgieron las primeras cremas de afeitar elaboradas con aceite de oliva.

Durante la Edad Media, la barba marcó la separación producida en la Iglesia Cristiana con la finalización del Cisma de Oriente. Muchos de los clérigos católicos recibieron la encomienda de hacerse la barba para no compartir rasgos con los miembros de la Iglesia Ortodoxa, o incluso los judíos y los musulmanes. Además, el uso de los bigotes habían generado bastante controversia entre los cristianos medievales, pues eran portados por los germánicos que invadieron el decadente Imperio Romano.

Con el desarrollo comercial y la gran cantidad de inventos que han marcado el mundo moderno, la barba comenzó a mostrar una pizca de vanidad masculina. Tal vez como consecuencia de este fenómeno, el francés Jean-Jacques Perret, en 1770, creó un modelo de maquinilla de afeitar más seguro. En el siglo siguiente la famosa navaja en forma de ‘T’ fue inventada por los hermanos americanos Kampf.

El gran salto tecnológico fue dado por un vendedor llamado King Camp Gillette. El vendedor se dio cuenta de la posibilidad de adoptar láminas descartables para barberos. Con la ayuda de William Nickerson, un ingeniero del Instituto Tecnológico de Massachusetts, crearía una nueva marca de cuchillas de afeitar que sigue siendo ampliamente utilizado por hombres y mujeres en la actualidad.

Durante el siglo XX, el rostro desprovisto de barba se había convertido en sinónimo de civismo e higiene. Muchas empresas e instituciones del gobierno no admitían la presencia de barba. Sin embargo, entre los años 1970 y 1980, perillas y bigotes comenzaron a convertirse en una moda entre los homosexuales estadounidenses. Estos nuevos datos se introducen en la cultura gay de finales del siglo XX y tuvo como uno de sus más grandes representantes el cantante Freddie Mercury.

Hoy en día, la barba larga se asocia con los terroristas del Islam, con determinados grupos sociales y personas con un look alternativo. Aunque no necesariamente indica un comportamiento en particular o una opción, la barba revela cómo las diferentes culturas enfatizan los valores de la unidad y la diferencia a través de los más insignificantes datos. El cuerpo (y barba) se convierte en un verdadero medio de expresión del individuo.

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