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El renacimiento del cine italiano

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Cine italiano

A finales de la década de 1940 el cine italiano sufrió un renacimiento con el surgimiento del neorrealismo, un movimiento cinematográfico que captó la atención mundial y dio a conocer al gran público a varios de los notorios directores italianos. El movimiento se caracterizaba por cintas de un realismo intenso, casi sobrecargado, rodadas en localizaciones naturales y con artistas no profesionales. Este movimiento fue comenzado por Roberto Rossellini con Roma, ciudad abierta (1945), que conseguía comunicar una profundidad de emociones nuevas para el público en la descripción de la ocupación nazi de Roma y la resistencia del pueblo italiano.

Igualmente las cintas del artista-director Vittorio de Sica, en especial Ladrón de bicicletas (1948), rodada por entero en las calles de Milán, evidenciaba la dura realidad de la posguerra italiana, y consiguió fama internacional. Otros cineastas formados en el neorrealismo consiguieron igualmente fama internacional imponiendo su propio estilo. Pier Paolo Pasolini rodó El evangelio conforme San Mateo (1964), entre otras, siguiendo la tradición neorrealista pura, mientras que Federico Fellini, que había intervenido en los comienzos del movimiento (de facto, era el guionista de Roma, ciudad abierta), le dio un estilo más poético, como muestra La strada (1954), ensayo sobre la soledad mostrada a través de las figuras de dos cómicos ambulantes, o la sátira de la decadente clase alta italiana de La dolce vita (1960), para llegar en fases ulteriores de su obra a la fantasía más personal de Fellini, ocho y medio (1963) o Giulietta de los espíritus (1965). Igualmente uno de los más polémicos directores de la década de 1960, Michelangelo Antonioni, brotó del movimiento neorrealista, como se puede percibir en Crónica de un amor (1950), La aventura (1960) o El desierto rojo (1964). Tanto en esta cinta de Antonioni, como en Giulietta de los espíritus de Fellini, se revela el dominio del color por parte de estos dos directores, que habían rodado hasta ese momento en blanco y negro.

Igualmente procedía del neorrealismo Luchino Visconti, que en sus comienzos alternó los montajes teatrales y operísticos con obras completamente neorrealistas, como Bellísima (1951). Tras este brillante comienzo en la posguerra, el cine italiano ha continuado demostrando gran aptitud innovadora con una descendencia de cineastas enterados política y socialmente, entre los que, además del propio Pasolini, hay que citar a Bernardo Bertolucci, con El manso (1971), Novecento (1976), una de las obras maestras del cine, o La estrategia de la araña (1970), adaptación de un relato del escritor argentino Jorge Luis Borges; y a Ettore Scola, autor de Una mujer y tres hombres (1974), Brutos, sucios y malos (1975), Una jornada particular (1977), La sala de baile (1983) y Macarroni (1985). En la década de 1980 apareció un movimiento de renovación que trajo nuevos aires al cine italiano. A la cabeza se sitúan dos figuras que se han dado a conocer en todo el mundo: Nanni Moretti, autor de Querido diario (1993), y Roberto Benigni, ganador del Oscar a la mejor cinta extrajera por La vida es bella (1997).

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