Escuelapedia.com Literatura ¿Tiene el arco iris siete colores? Diferencias culturales e idiomáticas

Avisos google

¿Tiene el arco iris siete colores? Diferencias culturales e idiomáticas

Colores del arco iris no son siete

Ante esta pregunta, parece obvio que la única respuesta posible es de siete: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. De hecho, aprendemos en la escuela que los siete colores del arco iris son los anteriormente mencionados. Esto parece obvio para cualquiera. El sabio inglés Isaac Newton descubrió en su época que la luz blanca es compuesta de siete colores al hacer pasar un rayo de sol por un prisma de vidrio.

Seguidamente, Newton realizó un disco de cartón con los siete colores que conforman el arcoíris y, al girarlo deprisa, el disco se volvía blanco. Siendo así, no nos parece apenas obvio sino sobre todo parece ser una ley de la naturaleza que el espectro de la luz visible tenga siete colores. Esos colores reciben diferentes nombres en las diferentes lenguas, pero siempre son siete.

Sin embargo, cuando los europeos comenzaron a estudiar en profundidad otras culturas, muy diferentes de la propia, se llevaron una sorpresa: vieron que lo que parece obvio no siempre es tan obvio. Existe en Liberia, África, una población llamada bassa para quien el arco iris apenas tiene dos colores, que ellos llaman de ziza y hui.

Es decir: lo que para nosotros los occidentales, los hablantes de lenguas europeas son diferentes colores, para la cultura bassa son tonos de un mismo color.

Así pues, rojo, naranja y amarillo son para ellos tres tonalidades de ziza. La distinción entre esas tonalidades se da por medio de ciertos adjetivos. De este modo, rojo es ziza oscuro, amarillo es ziza claro, y así sucesivamente.

Lo que muestra este ejemplo es que las lenguas diferentes no son meros conjuntos de etiquetas que se adhieren a los conceptos, de tal modo que, cuando pasamos de una lengua a otra, apenas cambiamos el rótulo; en realidad, las lenguas no confieren nombres diferentes a los mismos objetos sino que conceden nombres diferentes a objetos diferentes.

El hecho es que la naturaleza, tal cual ella es, independiente del modo en que el ser humano la observa, es una realidad continua, que no posee divisiones arbitrarias.

Podemos determinar que, con el origen del mundo, no se planteó la colocación de etiquetas estáticas señalando donde acaba uno y empieza otro. No hay ninguna señal que indique donde el curso del agua deja de ser una corriente y pasa a ser un río.

Del mismo modo, el arco iris no tiene ni dos ni siete colores: el espectro de la luz visible es compuesto de una infinidad de ondas electromagnéticas, cada una con una frecuencia determinada.

Somos nosotros, humanos, quienes tomamos ese espectro continuo de frecuencias de onda y lo dividimos en bandas, que corresponden a los diversos ‘colores’. Por eso, es natural que cada pueblo, con una cultura particular, determine dividir la naturaleza de forma diferente, bajo su concepción humana.

Se trata de los seres humanos que toman este espectro continuo de frecuencias de onda y se divide en bandas, que corresponden a los diferentes “colores”. Así que es natural que cada pueblo con su cultura particular, divida la naturaleza diferente.

Lo que para un español es apenas noche para un inglés puede ser ‘evening’ o ‘night’, y esos dos términos no representan un sinónimo en ese idioma. ‘Evening’ es el periodo del día que comienza al ponerse el sol y dura hasta la hora de ir a dormir. A partir de entonces y hasta la madrugada del día siguiente, tenemos ‘night’. Para un español, la noche comienza al poner del sol de un día y va hasta el amanecer del día siguiente.

Es por eso que un inglés dice ‘Good evening’ al llegar a una recepción nocturna y ‘Good night’ al retirarse, mientras que un español dirá simplemente ‘Buenas noches’ tanto al llegar como al irse.

Del mismo modo, la asignación diferenciada de términos ocurre cuando clasificamos monos en ‘monkeys’ y ‘apes’ según su especie. El chimpancé, por ejemplo, es ‘monkey’; ya el orangután y el gorila son ‘apes’. De un modo general, podemos determinar que monos pequeños son ‘monkeys’ y los grandes primates –a excepción del hombre– son ‘apes’.

Sin embargo, un chimpancé gigante (si existiera alguno) seguiría siendo un ‘monkey’, así como un gorila enano sería un ‘ape’, a pesar de su tamaño. Eso muestra que, para los ingleses, ‘monkeys’ y ‘apes’ son animales diferentes y no apenas distinguibles por tamaños diferentes de un mismo animal.

Lo que ocurre es que cada lengua refleja una visión particular del mundo, propia de cada cultura. Lo que para una persona occidental es apenas hielo, entre los esquimales existen más de diez acepciones diferentes conforme a la consistencia y espesura. En una región en que conocer los diferentes tipos de hielo puede representar la diferencia entre vivir y morir es perfectamente comprensible que el análisis lingüístico del fenómeno del agua solidificada sea mucho más detallado que en un país tropical.

Este análisis diferente de la naturaleza hecha por cada idioma es llamado por los lingüistas de recorte cultural. Por lo tanto, occidentales y esquimales ‘recortan’ el agua solidificada de manera diferente, así como diferentes pueblos ‘recortan’ el arco iris de formas diferentes.

El lingüista francés Émile Benveniste utilizó un hermoso cuadro para explicar el recorte cultural: para él, la naturaleza es como la superficie de las aguas de un lago, por encima del cual se extiende una red de pesca en un día soleado. La red no se sumerge en agua, sino que simplemente mantiene por encima de una cierta altura, por lo que no es realmente un corte, sólo su sombra sobre la superficie del agua.

Ahora, lo que hacen las lenguas es exactamente proyectar sobre la realidad el reflejo de una red semántica que divide hipotéticamente esa realidad en conceptos distintos. Por esa razón, aprender otras lenguas nos ayuda a ampliar nuestra realidad, a ver la realidad con otros ojos y, en consecuencia, a volvernos menos etnocéntricos y más capaces de percibir la belleza cultural de otros pueblos.

Recomendado