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Sherezade

Sherezade

Sherezade (en persa: شهرزاد, Shahrzād), hija de un visir, es un personaje de ficción sobre una bella y astuta princesa que, bajo amenaza de muerte, consigue distraer al sultán Schariar (en persa: شهريار «rey») narrándole los cuentos que componen Las Mil y Una Noches. Este personaje se hizo un símbolo del Oriente musulmán fantástico y voluptuoso, tal como lo imaginó románticamente Europa después de la lectura de la famosa recopilación de historias. La figura de Sherezade inspiró diversas obras, tales como el ballet oriental de León Nikoláyevich Bakst, em 1908, y el de Mijaíl Mijáilovich Fokine, en 1910.

Las mil y una noches

La leyenda cuenta que en la antigua Persia el rey Shariar descubrió haber sido traicionado por la esposa, que tenía a un siervo como amante. Enfurecido, el rey mandó a matar a ambos. Después, toma una terrible decisión: todas las noches se casaría con una nueva mujer y, en la mañana siguiente, ordenaría su ejecución para no volver a ser traicionado. Y así fue por tres años, causando miedo y lamentaciones en todo el reino.

Un día, la hija mayor del primer ministro, la hermosa e inteligente Sherezade cuenta a su padre un plan para poner fin a aquella barbaridad. Sin embargo, para aplicarlo, necesita casarse con el rey. El padre intenta convencer a la hija para desistir de la idea, pero ella está decidida a acabar con la maldición que asola la ciudad. Y así sucedió. Sherezade contrajo matrimonio con el rey.

Completada la breve ceremonia nupcial, el rey llevó a su mujer a su cámara. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, escuchó un fuerte gemido. ‘Oh Majestad, debe ser mi hermana, Duniazade’ – explicó. ‘Ella está llorando porque quiere que le cuente una historia, como hago todas las noches. Ya que mañana estaré muerta, le pido, por favor, que la deje entrar para que la entretenga por última vez’.

Sin esperar una respuesta, Sherezade abrió la puerta, tomó la hermana dentro de la habitación, la instaló en la alfombra y comienzo la historia. El rey, furioso, se esforzó por evitar que la historia prosiguiera; se quejó, tosió, pero ambas hermanas ignoraban sus reclamos. Así, se dio por vencido y comenzó a escuchar el relato de la joven, medio distraído al comienzo pero muy interesado después de unos instantes. La pequeña Duniazade adormeció, embalada por la suave voz de la reina. El soberano permaneció atento, visualizando en su mente las escenas de aventura y romance descritas por Sherezade. Repentinamente, en el momento más emocionante, Sherezade se detuvo. ¡Continúe! – indica el gobernante. La historia continúa y Shariar se tumba durmiendo profundamente. Despertó al anochecer y ordenó a la esposa finalizar la historia, pero no se dio por satisfecho y quería otra. Sherezade con su voz melodiosa comenzó a narrar historias de aventuras de reyes, de viajes fantásticos de héroes y de misterios. Contaba una historia tras otra dejando al sultán maravillado.

Sin saberlo Shariar, las horas pasaron y salió el sol. Sherezade interrumpió una historia en la mejor parte. ‘¡Ya es de día, mi señor!’ – exclamó. El rey, muy interesado en la historia, dejó a Sherezade por una noche más en palacio. Y así, Sherezade volvió a hacer lo mismo en aquella noche, dejando la última inacabada. Muy alegre, contaba un drama, una aventura y a veces un enigma, en otras ocasiones una historia real. Poco a poco, pasaron los días, semanas, meses y años. Un día, Sherezade le dijo: ‘Ahora no tengo nada más que contarte: ¿Has notado que hemos estado casados durante exactamente 1001 noches?’. Un sonido captó su atención y, tras una breve pausa, continuó: ‘Ellos están llamando a la puerta. Debe ser el verdugo. Finalmente podrás mandarme hacia la muerte’.

Quien entró en los aposentos fue, sin embargo, Dunyazade, que con el paso de dos años se transformó en una hermosa joven. Consigo traía dos gemelos en los brazos y un bebé la acompaña a gatas. ‘Mi amado esposo, antes de ordenar mi ejecución debes conocer a mis hijos’ – dice Sherezade. ‘De hecho, nuestros hijos. Pues desde que nos casamos le di tres varones, pero estaba tan encantado con mis historias que ni percibió nada…’. Solo entonces, Shariar constató que su amargura desaparecería. Mirando a los niños sintió el amor inundando su corazón con un rayo de luz. Contemplando a la esposa descubrió que jamás podría matarla, pues no conseguiría vivir sin ella. Así, el sultán volvió a desposar a Sherezade y los dos reinaron felices hasta el fin de sus días.

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