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Reducción de la contaminación atmosférica

Reducción de la contaminación atmosférica

Reducir la contaminación es ahora una de las principales preocupaciones de la mayoría de los países del mundo. Sin embargo, a pesar de la amplia legislación que se ha publicado con el objetivo de la reducción, la tarea no es fácil, ya que requiere una acción internacional concertada (hay que recordar que la contaminación no conoce fronteras), enormes inversiones y la participación activa de todos los ciudadanos, en general y las empresas en particular.

Es evidente que no se pueden cerrar las industrias y dispensar la existencia de medios de transporte (aviones, automóviles, trenes…). Por eso, la disminución de la contaminación ha de pasar por un conjunto muy vasto de medidas, como los ejemplos señalados a continuación:

  • 1) Instalación en las fábricas de dispositivos (catalizadores) que retengan los humos y los gases, pudiendo incluso ser reutilizados como fuentes energéticas. De acuerdo con el principio de que ‘debe pagar quien contamina’, esta medida tiene ya carácter obligatorio en varios países industrializados, relativamente a muchas industrias;
  • 2) Uso de tecnologías alternativas, es decir, de tecnologías diferentes que reduzcan el consumo de energía, haciendo la industria menos contaminadora (tecnologías limpias) y valoren los residuos;
  • 3) Aplicación de catalizadores en todos los automóviles nuevos, de modo que se disminuya al máximo la emisión de humos y gases y la reducción de la cantidad de plomo y azufre en los combustibles (gasolina, gasóleo). Se piensa que estas medidas reducirán entre el 70% y el 90% la contaminación del aire provocada por los vehículos motorizados;
  • 4) Obligatoriedad de inspecciones periódicas a todos los tipos de vehículos automóviles en lo que respecta a los niveles de contaminación atmosférica (en particular la emisión de humos) y sonora (especialmente sobre el nivel de ruido en los tubos de escape), como ya sucede en muchos países;
  • 5) Sustitución de algunos productos químicos industriales peligrosos, como, por ejemplo, los que contribuyen a la destrucción de la capa de ozono.

No hay duda de que la aplicación de tales medidas, que no terminan aquí, contribuiría de manera decisiva, a un aire ‘más limpio’. Sin embargo, su aplicación tiene altos costes, fuera del alcance de muchas empresas. Por ejemplo, la sustitución de las tecnologías tradicionales por tecnologías alternativas (ecológicas) en las unidades de fabricación ya en funcionamiento, requiere cambios profundos en la estructura de estas unidades y, por consecuencia, de elevadas inversiones solo al alcance de las grandes compañías. Sin embargo, las nuevas fábricas podrán adoptar, en la fase de instalación, esas tecnologías alternativas, como sucede con los automóviles, donde solo los modelos más recientes vienen equipados con sistemas de anticontaminación (catalizadores) y adaptados al consumo de ‘gasolina verde’ (sin plomo).

También la sustitución de productos químicos peligrosos con menor impacto ambiental requiere investigaciones diligentes y costosas, lo que también implica altos costos. Y eso es exactamente porque ha habido conflictos entre las agencias gubernamentales y muchas empresas que producen una amplia gama de productos químicos que destruyen la capa de ozono. Es, después de todo, el enfrentamiento entre la necesidad de preservar el medio ambiente y la supervivencia de las empresas involucradas en los procesos de contaminación.

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