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Estado absolutista

Estado absolutistaUn Estado absolutista es un país cuyo sistema político concentra toda la autoridad en la figura del soberano. Es característico de las potencias europeas de la era moderna.

El absolutismo nació con las monarquías nacionales en el siglo XVI y alcanzó su apogeo en el siglo XVII con Luis XIV de Francia, el Rey Sol.

Durante el siglo XVIII, en Europa, siguió la misma forma de gobierno, pero en lugar de absolutismo, a continuación, tomó la definición de Despotismo Ilustrado con inspiraciones en el movimiento de la Ilustración.

Las revoluciones de finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX terminaron con el Antiguo Régimen (forma de gobierno existente antes de la Revolución Francesa de 1789) y, con ello, al absolutismo en Francia.

En Inglaterra, el absolutismo fue iniciado por Enrique VIII y consolidado por Elizabeth I en el siglo XVI. Duró hasta el siglo XVII, cuando Inglaterra fue sacudida por las revoluciones nacionales y los movimientos de insurrección.

La ascensión del poder real

El poder real creció al mismo tiempo que el Estado-nación progresó. El rey representaba el ideal nacional, el interés de la nación Ejercía su poder de facto: reducía las leyes, organizaba la justicia, arrendaba el cobro de impuesto, mantenía el ejército, nombraba funcionarios, todo en nombre del Estado que representaba. Las guerras intensificaron el sentimiento de amor a la patria, cuyo defensor era el rey.

La competencia comercial con otros países rivales y la dispuesta de los mercados coloniales recrudeció la tensión entre los países enfrentados y contribuyó al fortalecimiento del poder real.

Este poder creciente no resultó solamente a la voluntad de los reyes. Correspondió a una necesidad social.

El rey atacó a las particularidades de las diferentes regiones del país y se opuso a los privilegios de las diversas clases sociales.

La lucha entre las clases sociales fue la característica esencial del fortalecimiento del poder real. El propio rey instigó esta lucha para anularla. Protegido por la burguesía, el soberano concedió monopolios comerciales e industriales, arrendado sus impuestos, favorecido en la competencia comercial contra los nobles y contra la Iglesia. Asimismo, protegía a las corporaciones de artesanos en contra de los empresarios capitalistas, garantizando sus derechos, y defendió a los artesanos y los comerciantes contra el proletariado. La burguesía tenía más gastos que se disminuyeron por la inflación. La guerra resultó una manera de proporcionar medios de vida, así como una pensión para sus hijos.

En pocas palabras, el rey se abalanzó sobre las dos clases sociales más importantes, mostrando un leve favoritismo hacia la burguesía.

Nicolás Maquiavelo debe ser visto como uno de los primeros teóricos del poder real. En el libro El Príncipe, consideraba que el rey tenía que ser racional en busca del interés del Estado, lo que justificaba el uso de la violencia. Para Maquiavelo, el Estado quedaba sobrepuesto al pueblo. Jean Bodin, en La República, afirmaba que el poder del rey es ilimitado, asemejándose a la autoridad del propio padre. Thomas Hobbes, en Leviatán, consideraba que el Estado asume las proporciones de un monstruo: propone que, inicialmente, la sociedad viva en estado natural, de anarquía, y que los individuos formaran el estado civil para protegerse de la violencia; sólo así el poder del soberano era ilimitado, porque sería fruto del consentimiento espontáneo. El más importante entre todos los teóricos defensores del poder absoluto fue Jacques Bossuet, obispo francés escritor de Política y cuyas ideas fueron extraídas de las Sagradas Escrituras. Para Bossuet, la autoridad del rey es sagrada y absoluta porque emana de Dios.

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