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Epicureismo

epicureismoLa doctrina epicúrea fue desarrollada por Epicuro, filósofo que nació en Samos en torno al 341 a.C de padres atenienses. Enseñó en Mitilene y Lampsaco, que se trasladó a Atenas entre el 307 o 306 a.C. Allí adquirió una casa grande con jardín, que sería la sede de su escuela, entonces conocido como el “Jardín de Epicuro”. En ella, los profesores y los estudiantes vivieron en comunidad en un tranquilo aislamiento donde se enseñaron los principios de sus teorías.

Según Diógenes Laercio, Epicuro escribió cerca de trescientas obras sin citar otros autores, es decir, registrando solamente sus propias ideas. Hasta nosotros solamente llegaron apenas tres cartas, dos colecciones de máximas y citas fragmentarias. El romano Lucrecio (-94/-55), afortunadamente, conservó en su De Rerum Natura información importante acerca de la doctrina epicúrea. Epicuro murió en -270, en Atenas, a causa de cálculos renales, y legó sus bienes a la escuela.

La doctrina epicúrea

La adquisición de conocimientos y limitados deseos físicos, inestables por naturaleza, son herramientas esenciales para librarse de los sufrimientos. El propósito de la vida es la búsqueda de la felicidad, alcanzado mediante el cumplimiento de la ataraxia (gr. ἀταραξία), la “ausencia de disturbios”, es decir, la tranquilidad del alma (alma en su concepto clásico). Por lo tanto, es necesario deshacerse de todas las ansiedades, incluyendo el miedo a los dioses y el temor de la muerte.

Influenciado por los atomistas, para quien el mundo estaba formado por átomos y vacío, Epicuro explicó también el mundo físico, así, en términos totalmente naturales. Pero para él la naturaleza no era, de modo alguno, rígida, nada era seguro, inalterable y determinado. Los movimientos espontáneos y aleatorios de los átomos en su trayecto normal, por ejemplo, darían lugar al libre albedrío. De todo lo que existe emanan átomos que, al chocar con el cuerpo humano, hacen que la realidad sea enteramente aprehensible por los sentidos y produzcan ideas.
Epicuro creía en la existencia de dioses, pero relegados a planes aislados y rechazaba la intervención divina en los asuntos humanos. “Los dioses tienen cosas más importantes que hacer”, concluye él.

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