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El cristianismo en Oriente

Cristianismo Oriente
Uno de los actos del emperador Constantino que tuvo más divulgación dentro del universo cristiano, fue su determinación, en el año 330, de llevar la capital del Imperio desde Roma hasta una ‘Nueva Roma’, la ciudad de Bizancio, en el punto más oriental del mar Mediterráneo. La nueva capital, Constantinopla (actual Estambul), así llamada en honor del emperador, se transformó igualmente en el centro intelectual y religioso del mundo cristiano de Oriente. Mientras que el mundo cristiano de Occidente se fue centralizando de manera sucesiva: una pirámide cuya cima la constituía el papa de Roma, los destacados centros del mundo oriental, Constantinopla, Jerusalén, Antioquía y Alejandría, florecieron de manera autónoma. El emperador de Constantinopla tenía una posición muy destacada en la vida de la Iglesia. Por ejemplo, él era quien convocaba y presidía los concilios generales de la Iglesia, órganos supremos de la legislación eclesiástica con en relación a la fe y a los códigos morales. Esta relación especial que apareció entre la Iglesia y el Estado se denominó, con una simplificación excesiva, cesaropapismo. Fomentó una cultura cristiana (como lo atestigua la gran basílica de Santa Sofía en Constantinopla, erigida por el emperador Justiniano I), que unió y sintetizó elementos cristianos y de la antigüedad clásica.

Los antiguos patriarcados de la Iglesia ortodoxa fueron a menudo el lugar de grandes encuentros religiosos y la organización administrativa del patriarca. Aun no siendo la cabeza de la Iglesia, como el papa en la Iglesia católica apostólica romana, los patriarcas realizan funciones administrativas que incluyen la organización de concilios para sus comunidades. Los cuatro grandes patriarcados antiguos (además de Roma) fueron Constantinopla, Alejandría, Damasco y Jerusalén.

El conflicto Estado-Iglesia arraigaba en que esta simbiosis podía significar que la Iglesia se subordinara a la autoridad del Estado. El obstáculo del siglo VIII en relación a la legitimidad del uso de imagenes en las iglesias cristianas significó igualmente un choque entre la Iglesia y el poder imperial. El emperador León III el Isaurio las prohibió, precipitando así un conflicto en el que los monjes de Oriente se convirtieron en los destacados defensores de los iconos. Más hacia delante, se restauró el culto a los iconos, lo que supuso una medida de independencia para la Iglesia en relación al Estado. A lo largo de los siglos VII y VIII, tres de los cuatro centros orientales cayeron bajo la influencia expansiva del islam; el exclusivo núcleo que quedó sin apresar fue Constantinopla, que fue sitiada en repetidas ocasiones, hasta que cayó en manos de los turcos en 1453. Pero, el combate con los musulmanes no era tan sólo de carácter militar. Tanto los cristianos de Oriente como los fieles del profeta Mahoma trataban de incrementar su mutua influencia en aspectos de índole intelectual, filosófica, científica e incluso teológica.

La tensión con en relación a la adoración de las imagenes pareció ser tan grave porque amenazaba un rasgo fundamental de la Iglesia de Oriente: su liturgia. El cristianismo de Oriente era, y sigue siendo, una forma de culto a partir del cual surge una forma de vivir y de cavilar. La palabra griega ortodoxia (junto con su sinónimo, en esloveno, pravoslavie) se refiere a la manera correcta de ensalzar a Dios, lo cual resulta indisociable del modo correcto de establecer la legítima doctrina de Dios y de vivir de conformidad con su voluntad. Este énfasis agregó a la liturgia y a la teología de Oriente una categoría que los observadores occidentales, incluso durante la edad media, caracterizarían como mística, categoría que se intensificó por la fuerte influencia que ejercía el neoplatonismo sobre la filosofía bizantina. A pesar de que el monaquismo de Oriente, por lo general, se mostraba hostil ante estas corrientes filosóficas de pensamiento, se llevaba a la práctica una vida de devoción bajo la influencia de los escritos de los padres de la Iglesia y de teólogos, como san Basilio, que habían asumido un cristianismo helenístico del que partían numerosas de esas ideas filosóficas.

Todos los rasgos distintivos del cristianismo de Oriente, como la ausencia de una autoridad eclesiástica central, la estrecha relación con el Imperio, la tradición litúrgica y mística, el uso continuado de la lengua y de otros elementos de la cultura griega, así como su aislamiento debido a la expansión musulmana, contribuyeron a su distanciamiento de Occidente, lo que por último desembocó en el cisma entre las iglesias occidental y oriental. De modo general, los historiadores fechan el Gran Cisma a partir de 1054, en el momento en que Roma y Constantinopla se excomulgaron recíprocamente, aunque igualmente se puede decir que la fecha fue 1204, en el momento en que ejércitos provenientes de Occidente, de camino para arrebatar la Tierra Santa del dominio otomano (Cruzadas), atacaron y arrasaron la ciudad cristiana de Constantinopla. Cualquiera que sea la fecha, la división entre el cristianismo oriental y el occidental se ha mantenido hasta hoy, pese a los repetidos esfuerzos por apresar el apaciguamiento.

Uno de los puntos de conflicto entre Constantinopla y Roma, a comienzos del siglo IX, fue el relativo a la evangelización de los eslavos. Pese a que numerosas tribus eslavas, como los polacos, moravos, checos, eslovacos, croatas y eslovenos terminaron envueltas en la órbita de la Iglesia de Occidente, la gran mayoría de la población eslava se transformó al cristianismo conforme las normativas de la Iglesia oriental (bizantina). Desde su temprana fundación en Kíev, la ortodoxia eslava impregnó Rusia, donde los rasgos distintivos del cristianismo de Oriente, ya reseñados, enraizaron con mucha fuerza. La autoridad autocrática del zar moscovita imitó algunas de las atribuciones del cesaropapismo bizantino; el monaquismo ruso se dejó influenciar por el ascetismo y la devoción cultivada en los monasterios griegos del monte Athos. El énfasis en la autonomía cultural y étnica hizo evidente, desde muy temprano, que el cristianismo eslavo tenía su propio lenguaje litúrgico (conocido aún como antigua Iglesia eslava). Por otra parte, esta Iglesia fue integrando los estilos artísticos y arquitectónicos importados de los centros ortodoxos de las zonas de comenta griega. En la Iglesia de Oriente igualmente había algunos cúmulos eslavos de los Balcanes (serbios, montenegrinos, bosnios, macedonios y búlgaros), albaneses, descendientes de los antiguos ilirios, y rumanos, un pueblo de lengua romance. A lo largo de los siglos de dominio turco en los Balcanes, algunas de las poblaciones cristianas locales fueron forzadas a convertirse al islam, como en el caso de algunos bosnios, búlgaros y albaneses.

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