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Cisma de Oriente y la división del catolicismo

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El cisma de Oriente es el nombre dado a la división de la iglesia católica en el año 1054 entre la iglesia encabezada por el Papa en Roma y la iglesia encabezada por el patriarca de Constantinopla (anteriormente Bizancio y actual Estambul). El cisma fue el resultado de una distancia constante entre las prácticas cristianas llevadas a cabo por los dos aspectos del catolicismo, además de representar una disputa por el poder político y económico en la región mediterránea.

Antes de la cisión, el cisma entre las dos iglesias tenía una unidad entre ellos como resultado de la estructura del imperio romano. En Roma, fue el Papa quien ejercía la máxima autoridad en el continente europeo, más allá de la existencia de otras dos autoridades con el mismo poder, un patriarca en Alejandría, en Egipto, y otro patriarca en Constantinopla. El patriarca de Alejandría perdió su importancia después de la anexión de Egipto al imperio musulmán.

Con las invasiones bárbaras del imperio romano occidental, que cayó en el 476, restaba apenas el Imperio Romano de Oriente, conocido posteriormente como Imperio Bizantino. La división de los imperios por Deocleciano, en el 286, resultó en el plano religioso en un paulatino distanciamiento entre la concepción doctrinaria de las dos vertientes del cristianismo. En la iglesia cristiana de Constantinopla surgieron algunas prácticas religiosas, consideradas heréticas por occidente por ir contra la fe establecida. Las principales herejías existentes en el Imperio Bizantino fueron las prácticas de los monofisitas y de los iconoclastas.

El monofisismo creía que Jesucristo tenía una existencia únicamente divina, visión teológica que se oponía a la prerrogativa occidental de la naturaleza humana y divina de Cristo. Contrariaban igual el dogma católico de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) como una representación de Dios. El movimiento de los monofisitas comenzó en el siglo V y alcanzó su mayor fuerza con el reinado de Justiniano.

Ya el movimiento iconoclasta se caracterizó por la oposición a la adoración de imágenes, causando la destrucción los iconos religiosos. Afirmaron, de esta manera, una percepción religiosa de carácter más espiritual. Tales posiciones se habían distanciado del cristianismo predicado por el Papa en Roma.

Estas herejías y su aceptación por parte de las autoridades cristianas de Constantinopla cayeron sobre la necesidad de mantener la unidad del imperio bizantino, aceptando la asimilación de los pueblos asiáticos características religiosas más vinculadas a la espiritualidad.

Las herejías causaron inestabilidad social como resultado de la acción de sus promotores, llevando los emperadores a intervenir en la estructura administrativa de la iglesia de Constantinopla. Esta práctica se conoce como cesaropapismo, que consistía en la supremacía del emperador, los elegidos de Dios, acerca de la iglesia. El objetivo era gestionar los conflictos derivados de las herejías y manteniendo la unidad del Imperio y la iglesia.

Durante siglos, estas diferencias fueron ensanchándose, pasando a ser consideradas como una crisis de autoridad sobre la verdadera creencia cristiana. En el 867, la iglesia de Constantinopla, dominada por el emperador bizantino, no reconocía la autoridad de la iglesia de Roma, como resultado, principalmente, de la independencia y el poder que estaba establecido en el continente europeo.

Se produciría el cisma de Oriente en 1054, después de que el patriarca Miguel I Cerulario fuera excomulgado por el Papa de Roma. Con esta decisión, Cerulario proclamó la separación oficial entre las dos iglesias, ya que, para los orientales, Roma había derribado los sermones originales de Jesucristo. De ahí viene la iglesia ortodoxa o iglesia católica oriental, con sede en Constantinopla y la iglesia católica, con sede en Roma.

En la actualidad las iglesias siguen siendo divididas, a pesar de algunos intentos de acercamiento desde el cisma de Oriente.

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