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Características económicas de la América Española

Características económicas de la América Española

Para entender las características económicas de la América española se debe saber sobre la desintegración del sistema colonial ibérico que, después de la emancipación política, redefinió la dependencia económica de América Latina. La liberación de las colonias españolas en América fue obra de las clases de beneficiarias del antiguo sistema colonial: los grandes terratenientes y la burguesía mercantil vinculada al comercio exterior. Así que no interesaba a ellos cambiar las formas de producción, establecidas de acuerdo con el mercado extranjero. Se adaptaba a ellos, sin embargo, el fin del sistema colonial porque querían el libre comercio.

La independencia política trajo la doctrina económica del librecambismo (o libre cambio). Una Inglaterra industrializada pudo ocupar estos mercados, sin la intermediación de la antigua metrópoli, comprando directamente materias primas y géneros alimenticios y vendiendo productos manufacturados.

También exportaba ideas, porque la élite de las nuevas naciones culturalmente dependientes del exterior aceptaba los principios del liberalismo económico, que defendía la especialización de los países en lo que produjeran mejor. Los latinoamericanos deberían especializarse en la producción de alimentos y materias primas e importar productos manufacturados.

Cuando, a finales del siglo XVIII, el mercantilismo español buscaba modernizarse, fue permitido el desarrollo de manufacturas y artesanías en las colonias. Sin embargo, con la independencia política y la libertad de comercio, sus productores, sin protección aduanera contra los antiguos ingleses, se declararon en quiebra. No se creó, por tanto, una burguesía industrial capaz de constituir una sociedad moderna basada en el desarrollo industrial y el trabajo asalariado.

Todos los intentos posteriores de industrialización autónoma en el siglo XIX, fracasaron. A nivel interno, la economía seguía dominada por la gran propiedad agroexportador, con sujeción al mercado externo. Grandes latifundios imperaban en la América española independiente.

América Latina tuvo una baja densidad de población, pues se encontraba en la franja climática intertropical, registrando, en la época, alta incidencia de fiebre amarilla, tifus y viruela. Por lo tanto, el continente no atraía a la inmigración europea, salvo el sur de Brasil, Argentina, Uruguay y Chile. Por otro lado, en esos países, las poblaciones indígenas fueron diezmadas continuamente hasta el siglo XIX. Sobrevivieron únicamente en regiones donde eran más numerosas o estaban protegidas por el clima, por el relieve y por la vegetación, como en las mesetas andinas y la selva amazónica. Con las independencias, ninguna modificación económica, social y cultural significativa sucedió en América Latina.

Las élites no estaban interesadas en elevar el nivel de vida, mejorar el sistema educativo y permitir una mayor movilidad social. Los valores aristocráticos de la sociedad colonial se mantuvieron en las elites latinoamericanas después de la independencia.

La gran propiedad rural continuó como un símbolo de riqueza, prestigio social y poder. En algunas zonas costeras, estas grandes fincas practicaron la economía monetaria y tenían su producción dirigida para el mercado de exportación. Pero la mayoría de ellos producían sólo para la subsistencia, rara vez con monedas y el pago de salarios. Pocos propietarios tenían, de hecho, una mentalidad capitalista. Solamente querían vivir el presente, sin preocuparse en invertir para el futuro.

Cuando se enriquecían, gastaban frívolamente: si sobrevenía una crisis, se retraían o contraían deudas. Las técnicas agrícolas y las fuentes de energía no eran muy diferentes a las de tiempos coloniales pasados. Los trabajadores agrícolas usaban todavía el arado rudimentario, que combinaba la fuerza humana y la tracción animal. El empleo de equipos impulsados a vapor era escaso. No había capital suficiente para la introducción de nuevas tecnologías o industrias locales que produjeran, ni personal especializado para el mantenimiento de los instrumentos.

Las élites preferían importar productos, con margen de beneficio y mercado cautivo, a in verter en industrias con retorno de capital y lucro imprevisibles. La ideología dominante del librecambismo era contraria al proteccionismo aduanero de la industria nacional y defendía la vocación agrícola de sus países. El mercado de consumo interno era muy débil debido a que el ingreso altamente concentrado en pocas manos impedía la expansión del consumo y la demanda de productos industriales de América Latina.

Todos estos factores obstaculizaron el desarrollo industrial de los países latinoamericanos. Cuando no había desarrollo industrial, como en el caso de Argentina a finales del siglo XIX, que estaba vinculada a los intereses de los capitales extranjeros y las necesidades de exportación. Argentina produjo trigo, lana y carne cuya exportación in natura era difícil. Los británicos, que controlaban el país, comenzaron invertir en molinos, refrigeradores e industrias laníferas, que no dependían del mercado interno local limitado, ya que sus productos eran destinados a la exportación.

La América Latina independiente sucumbió a la dependencia económica del capitalismo británico. Los británicos construyeron ferrocarriles, navieras, empresas de transporte urbano, telégrafos, préstamos de capital de los gobiernos, y controlaba el comercio exterior y el transporte de la producción latinoamericana.

La presencia del capital norteamericano no puede ser despreciada, ya que se incrementa más y más. En América Central y México, los Estados Unidos lucharon con los británicos, paso a paso, la hegemonía y lograron suplantarlos ya a finales del siglo XIX.

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