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Las iglesias en el pasado, lugar de pasiones desinhibidas

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Así como el agua, tarde o temprano encuentra un camino por el que se drene, el ser humano, impulsado por el deseo, encuentra la manera de satisfacer sus pasiones. Como todos los demás, el hombre era hecho de carne y huesos. No sería una exageración decir que cuanto más intensa sea la prohibición, mayor es la motivación para lograr este objetivo. Si el deseo de su corazón es el impulso sexual, parece que la creatividad no tiene límites. Bajo vigilancia constante de una sociedad guiada por los rígidos códigos de conducta impuestos por la iglesia, el lugar religioso se convirtió en uno de los pocos espacios donde el contacto social era permitido. La represión terminó por dar permisividad en tierra consagrada.

Los siglos definidos como modernos históricamente, del Renacimiento, por ejemplo, no fueron tan modernos como se piensa. Un foso era excavado: de un lado los sentimientos y, del otro, la sexualidad. El concepto del sexo como pecado, es característico del cristianismo e implica la prohibición de cualquier cosa que proporcione placer. Ese pecado incluía, por ejemplo, las caricias que formaban parte del cortejo sexual más simple. De hecho, los matrimonios concertados por las familias dejaron poco espacio para las prácticas de galán, ya que la pareja fue objeto de una vigilancia constante. La atracción resultaba secundaria para el propósito del matrimonio. Las mujeres se mantuvieron en sociedad bajo miradas intensas, que exigían modestia y recato cuando estaban en público. La represión social hacía imperativo adaptar los juegos de seducción a las normas. Mensajes y gestos de amor se deslizaban tímidamente a través de las rendijas de las ventanas o ante un encuentro nocturno en horas intempestivas tomados como actos de picardia.

Tanto control existente hacía de las ceremonias religiosas una de las únicas ocasiones para que los jóvenes pudieran encontrarse sin despertar sospecha ni reprimenda de los padres o confesores. El escenario religioso era un palco privilegiado para el amor. No fueron pocos los amores que se realizaron en una fiesta patronal o procesión. Las citas se reservaban en las capillas oscuras.

En las iglesias, surgieron novelas sin límites. Las iglesias parroquiales se convirtieron, esta vez en el espacio para ligar, marcar encuentros prohibidos e infidelidades dentro del matrimonio. Esa situación no pasó desapercibida para los miembros de la iglesia. No fueron escasas las órdenes dadas por obispos del siglo XVIII que exigían la separación de hombres y mujeres dentro de las capillas. El clero temía los encuentros y sus consecuencias. Es comprensible, por tanto, la existencia de una carta pastoral de un arzobispo de 1732 que prohibía la entrada a la iglesia de personas casadas distanciadas de sus esposas.

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