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La ópera en el periodo del romanticismo

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Ludwig van Beethoven Opera

Francia, Alemania e Italia realizaron unos estilos operísticos característicos durante el siglo XIX. Estas obras evidenciaban el movimiento galán y sus ideales estéticos. París fue el lugar de nacimiento de la grand opéra, una espectacular amalgama de representación escénica, acción, ballet y música, gran parte de ella escrita por compositores extranjeros que se arraigaron en Francia. Entre los primeros ejemplos encontramos La vestale (1807), de Gasparo Spontini, y Lodoiska (1791), de Luigi Cherubini, ambos italianos, y La muette de Portici (1828), de Daniel François Esprit Auber. Este estilo terminó con las monumentales obras del compositor berlinés Giacomo Meyerbeer, como Robert le diable (1831) y Los hugonotes (1836). La ópera legítimamente francesa Los troyanos (1856-1859), de Hector Berlioz, con una puesta en escena de los relatos del conflicto bélico de Troya y de Dino y Eneas, fue apartada durante mucho tiempo en su propio país. Lo cierto es que, no se representó en su concepción monumental de manera integral mientras el compositor estuvo vivo. Fausto (1859), de Charles Gounod, inspirada en el poema del autor germánico Johann Wolfgang von Goethe, fue una de las óperas francesas más conocidos a mediados del siglo XIX.

La primera gran ópera germánica del siglo XIX fue Fidelio (1805; revisada en 1806 y 1814), de Ludwig van Beethoven, un Singspiel dramático para el cual el compositor escribió cuatro oberturas diferentes. Está inspirada en la historia del rescate de un cautivo, conspiración que se había suceso popular durante la Revolución Francesa. Carl Maria von Weber creó la ópera romántica germánica con El cazador furtivo (1821), inspirada el relato homónimo de El libro de los fantasmas de Johann August Apel; y las igualmente fantásticas Euryantha (1823) y Oberón (1826).

La cima de la ópera germánica fue Richard Wagner, quien ideó una nueva forma denominada drama musical, en la que el texto (escrito por él mismo), la partitura y la puesta en escena se encontraban unidos de manera inextricable. Sus iniciales óperas importantes, por ejemplo, El holandés errante (1841), Tannhäuser (1845) y Lohengrin (1850), conservaban elementos del estilo antiguo, incluidas las arias y los coros. Pero en las obras posteriores, como Tristán e Isolda (1857-1859) y la poderosa tetralogía de El anillo del nibelungo (1853-1874), inspirada en un mito nórdico, Wagner dejó las convenciones previos y escribió en un estilo continuo y fluido, con la orquesta (en lugar de los personajes) al servicio del protagonista del drama. Los maestros cantores de Nuremberg (1867) era una representación de los gremios medievales, obra maestra del contrapunto, y Parsifal (1882), una expresión de misticismo religioso acendrado. En casi todas sus obras, Wagner usó con profusión el leitmotiv (en germánico, ‘motivo conductor’), una etiqueta musical que sirve para considerar un personaje o idea individuales y que regresa a surgir en la orquesta, a menudo para iluminar la acción en el aspecto psicológico. El festival de teatro de Bayreuth, en Alemania, se inició en 1876 y se dedica únicamente a la representación de las obras de Wagner. Con sus nuevos conceptos operísticos, tanto de estructura como de puesta en escena, Wagner ejerció una grande influencia sobre los músicos de todos los países durante muchos años.

La ópera italiana continuó realizando hincapié en la voz. Gioacchino Rossini compuso óperas cómicas, como El barbero de Sevilla (1816) y La Cenerentola (1817), que han eclipsado a sus obras más trágicas; Guillermo Tell (1829), por ejemplo, es conocida hoy especialmente por su obertura. El estilo del bel canto, caracterizado por su vocalismo suave, expresivo y a menudo espectacular, igualmente floreció en las obras de Vincenzo Bellini, entre ellas Norma (1831), La Sonnambula (1831) e I Puritani (1835); así como en Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti (1835), con su célebre escena de la locura, y en sus comedias L’elisir d’amore (1832) y Don Pasquale (1843).

Pero, el compositor que personifica la ópera italiana es Giuseppe Verdi. Él infundió a sus obras un vigor dramático y una energía rítmica sin precedentes. A la potencia pura de sus iniciales óperas Nabucco (1842) y Ernani (1844), agregó las caracterizaciones más leves de Rigoletto (1851), Il trovatore (1853), La Traviata (1853), Un ballo in maschera (1859) y La forza del destino (1862). Aida (1871) combina la fama visual de la gran ópera y la intimidad musical de una trágica historia de amor. Las dos últimas óperas de Verdi, Otello (1887) y Falstaff (1893), compuestas a una edad muy avanzada, adaptaban obras de Shakespeare al escenario de la ópera mediante una prolongación trágica y musical que condujo a que muchos críticos las consideraran una imitación de Wagner. A pesar de ello, las óperas de Verdi siguieron siendo muy italianas, con la voz como medio básico de expresión y las pasiones humanas como asunto básico.

La ópera rusa desarrolló una escuela nacionalista propia, que arranca con Una vida por el zar o Ivan Susanin (1836), de Mijaíl Glinka, e incluye Rusalka (1855) y El convidado de piedra (1871), de Alexandr Dargomizhski; El príncipe Ígor (debut póstumo 1890), de Alexandr Borodín; El gallo de oro (1906-1907) de Nikolái Rimski-Kórsakov; y la obra maestra del género, Borís Godunov (1874), de Modest Músorgski. Las óperas más importantes de Piotr Ilich Chaikovski son Eugenio Oneguín (1878) y La dama de picas (1890).

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