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La Nueva Ola francesa

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Fran GarcíaFran García

La nouvelle vague francesa
Francia continuó dominando el mercado mundial del cine artístico en las décadas de los años 1950 y 1960, produciendo cineastas muy independientes que experimentaron diversos modos de expresión. De este modo, Jacques Tati hizo comedias muy personales, reviviendo la pantomima ligera con Las vacaciones de Monsieur Hulot (1953) o Mi tío (1958), entre otras. Con menos éxito comercial, sin embargo con el aprecio de los críticos (que eran los cineastas de su propio conjunto), se situaron los directores de la llamada nouvelle vague (nueva ola), inspirados entre otros por Robert Bresson, con El diario de un cura de campaña (1951), cintas introspectivas y sobrias, con una fotografía sencilla y producidas con muy bajos cálculos, en las que se muestra un punto de vista agudo y detallado del mundo, a través de planos medios perseverantes, lo que les confiere un aire literario o teatral. Adicionalmente de esta influencia francesa, los jóvenes de la nouvelle vague se basaron en el cine comercial americano de Howard Hawks, Alfred Hitchcock y John Ford, partiendo de su experiencia como espectadores y críticos cinematográficos agrupados en la revista Cahiers du Cinéma, desde la que expusieron su teoría de quién es el verdadero autor: en el cine es únicamente el director, cuya personalidad queda grabada en la cinta pese a las presiones de los estudios o las influencias exteriores de cualquier otro tipo.

Los primeros representantes de esta corriente, François Truffaut, Jean-Luc Godard y Alain Resnais, hicieron cintas sobre la vida contemporánea francesa entre 1958 y 1959, apoyados por los espectadores de su descendencia y por una industria insegura en lo financiero, anhelosa de que alguien se atreviera a hacer cintas comercialmente rentables de bajo cálculo de realización. Truffaut, admirador de Hitchcock, se dedicó a hacer cintas realistas de tono autobiográfico. De este modo florecieron Los cuatrocientos golpes (1959), El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), serie que la crítica aprecia y que se despliega con Domicilio conyugal (1970) y L’amour en fuite (El amor en fuga, 1978). En ellas, como en Jules y Jim (1961) y en Disparad al pianista (1960) trata de la libertad en una sociedad restrictiva. Adicionalmente Truffaut hizo otras cintas, menos en la línea de la nouvelle vague, como El pequeño salvaje (1970) o Fahrenheit 451 (1966). Las cintas de Resnais, en especial Hiroshima mon amour (1959) y El año pasado en Marienbad (1961), son paradigmas del cine intimista, en el que se trata de que la voz y las imágenes reflejen con su distanciamiento el combate —que constituye la vida— entre la distancia emocional y las relaciones con los otros, combate en la que la distancia suele salir vencedora. Empleando abstracciones estilísticas e intelectuales, y técnicas de montaje distorsionadoras de manera deliberada, Resnais propone cuestiones sobre la cualidad y las secuelas del tiempo y la memoria, y su relación con las emociones humanas.

El más experimental de los directores del movimiento fue Jean-Luc Godard, cuya primera cinta, Finalmente de la escapada (1959), protagonizada por Jean-Paul Belmondo, es un bello tributo a las cintas de gánsteres americanas, sin embargo desde un enfoque europea. Los asuntos tratados por este director han sido de lo más variopintos, desde una serie de retratos más o menos autobiográficos de su así pues cónyuge, como Vivir su vida (1962), hasta la comedia sexual y política de Masculin-féminin (1966), pasando por experimentaciones con el tiempo y el espacio, moviendo la cámara con libertad y permitiendo a sus artistas la improvisación a intención. En Week-end (1967) hace un amargo estudio de la sociedad contemporánea a través de las peripecias de las víctimas de un accidente de automóvil, que vagan por las autopistas, discutiendo sobre la vida, sobre su propia vida, con personajes literarios y de cine que se cruzan en su trayecto, conectando pasado, presente y futuro. Posteriormente a ésta sus cintas se volvieron menos accesibles para el gran público, politizándose decididamente, como en Todo va bien (1972), protagonizada por Jane Fonda, aunque ulteriormente ha rodado algunas cintas atrayentes como Nombre: Carmen (1983).

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