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Homo antecessor, la larga marcha de la evolución humana

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Ruben EspinozaRuben Espinoza

Homo antecessor

Cuando se hallan fósiles nuevos, el paleontólogo los compara con aquéllos encontrados con precedencia en otros yacimientos para procurar de determinar a qué especie pertenecen. A veces resulta de la comparación que los nuevos fósiles no son como ninguno de los demás y así pues se hace para ellos una especie nueva. Éste es el procedimiento que se ha seguido con los fósiles humanos de la Gran Dolina. Posteriormente a muchos estudios y comparaciones, en 1997 José María Bermúdez de Castro, Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell, Antonio Rosas, Ignacio Martínez y Marina Mosquera desarrollaron la especie Homo antecessor (antecessor: «pionero», el que antecede a los demás).

Otro conflicto es el de conocer qué lugar ocupa la nueva especie en la evolución humana. En los fósiles de la Gran Dolina se observan rasgos antiguos en la dentición y otras partes del esqueleto, lógicos teniendo en cuenta que los fósiles tienen unos 800.000 años. En fósiles europeos posteriores no se hallan ya estos caracteres arcaicos, razón por la que los humanos de la Gran Dolina no se juzgan de la misma especie que fósiles como la mandíbula de Mauer, que tiene una edad de en torno a 500.000 años. Por otra parte, la especie representada en la Gran Dolina no es Homo erectus, ya que carece de sus especializaciones. Finalmente, estos primeros pobladores europeos podrían representar una población tardía de Homo ergaster. Pero, no es así por varias razones.

Un fragmento mandibular de un adolescente de la Gran Dolina muestra una menor robustez. El canino y la tercera muela igualmente están reducidos. Y además tenemos la morfología de un niño con unos once años de edad a su fallecimiento, que ha constituido una legítima sorpresa. De este niño se conserva una parte del hueso frontal especialmente de la mitad derecha, que presenta un toro supraorbitario bien desarrollado. Seguro que de adulto el toro sería muy robusto. Se han podido estimar algunos diámetros transversales del cráneo en su parte anterior, que permiten asegurar que el tamaño del cerebro del Niño de la Gran Dolina era superior al del Homo ergaster (tras los once años el cerebro ya no aumenta apenas). En los tres cráneos mejor preservados de esta última especie (ER 3833, ER 3733 y WT 15000) las aptitudes craneales son de 804 cc, 850 cc y 900 cc (respectivamente), mientras que en el Niño de la Gran Dolina no bajaría de 1.000 cc.

La cara del Niño de la Gran Dolina es fascinantemente moderna. En el Homo habilis, el Homo ergaster y, por lo que se sabe, igualmente en el Homo erectus, el esqueleto de la cara es aún bastante raso. Pero, nuestra cara tiene relieves, porque la abertura nasal se encuentra en una posición más adelantada que el resto, y los huesos de las mejillas (el maxilar y el malar) están excavados por debajo de los pómulos, que forman así un saliente establecido. Es esa mezcla de un frontal primitivo con una cara moderna lo que hace que el Niño de la Gran Dolina no sea un fósil más, sino un espécimen muy destacada para el conocimiento de nuestros orígenes.

Siempre se pensó que la cara moderna era reciente en la evolución humana, o sea, que aparecía con nuestra especie, y de pronto vemos que ya existía hace 800.000 años. ¿Dónde se hallan los fósiles con cara moderna de edad intermedia? La respuesta la tenemos en la propia Gran Dolina, donde igualmente se han encontrado fragmentos del esqueleto de la cara de individuos adultos, que presentan el relieve atenuado. Ahora sabemos que a lo largo del avance la cara crecía hasta hacerse muy grande y robusta, igualmente más hinchada por la expansión de los senos maxilares, enmascarándose en definitiva en el adulto los rasgos de la faz infantil.

Muchos cientos de miles de años después, nuestros antepasados directos experimentaron una expansión cerebral que modificó la estructura del neurocráneo, y una reducción del aparato masticador, que afecta a la cara, la mandíbula y los dientes. Éstos son los dos rasgos craneales que nos singularizan. La expansión cerebral supuso una reorganización bastante completa del neurocráneo junto con un cambio muy apreciable en su forma, sin embargo la reducción del aparato masticador se llevó a cabo de la manera más sencilla posible: el esqueleto facial no se desarrolla absolutamente y preserva un aspecto infantil. O dicho de otra manera, nuestra cara de adultos es como la de los niños de nuestros antepasados.

Vemos pues que los fósiles de la Gran Dolina se hallan en una posición evolutiva intermedia entre el Homo ergaster y nosotros, que somos los exclusivos humanos en la actualidad. La especie Homo antecessor es antepasada de la nuestra, sin embargo, como veremos más hacia delante. Igualmente lo es de los neandertales, otra especie humana distinta de nosotros que se extinguió hace pocos miles de años (prácticamente ayer si se compara con la enormidad del tiempo geológico, e incluso con la pequeña permanencia de la evolución humana).

Inicialmente, se supone que los primeros humanos aparecieron hasta la Península Ibérica por vía únicamente terrestre, esto es desde Asia y atravesando toda Europa. No hay razones para cavilar que el estrecho de Gibraltar se clausurara en ningún momento de los últimos 3 m.a., aunque seguramente eso sí ocurrió durante un pequeño intervalo de tiempo al final del Mioceno, hace entre 6,5 y 5 m.a. (esto es, demasiado pronto para el paso de los humanos, que aún no existían). Como por otro lado las corrientes del Estrecho no favorecen el cruce del mismo, ni se les suponen conocimientos de navegación a los primeros humanos, no hay argumentos sólidos en los que secundar una vía occidental, directamente desde África, para la colonización europea. Veremos en su momento que la más antigua navegación humana conocida sucedía hace pocos miles de años e hizo posible el poblamiento de Australia y Nueva Guinea. Y los que la llevaron a cabo eran humanos de nuestra propia especie (en el momento en que el nivel del mar se precipita en las fases glaciales, se puede llegar andando a Java y a Inglaterra, sin embargo no a Australia).

Pero si las poblaciones europeas de Homo antecessor vinieron de Asia, y éstas a su vez de África, ¿dónde están sus fósiles fuera de Europa? La respuesta es que aún no se han encontrado, entre otras cosas porque no hay buenos fósiles africanos de la misma antigüedad, y los fósiles asiáticos que podrían ser contemporáneos son los del Homo erectus del Extremo Oriente. En el norte de África se hallaron tres mandíbulas y un hueso parietal en el yacimiento de Tighenif (antes Ternifine, Argelia) que se datan en hace unos 700.000-600.000 años, esto es posteriores a los fósiles del Homo antecessor. Hay otras mandíbulas de semejante edad o algo más tardías en el este de África y en Marruecos. Desgraciadamente en la Gran Dolina sólo hay un fragmento de mandíbula de un adolescente para comparar con las africanas.

Habrá que continuar aguardando por consiguiente para conocer a los parientes africanos de los fósiles de la Gran Dolina. A partir de ese momento, la rama europea de Homo antecessor, representada por los humanos de la Gran Dolina, y la rama africana, cuyos fósiles aún no han sido encontrados, siguieron historias evolutivas diferentes.

Fuente: Fragmento de La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana. De Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez.

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