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Evolución del cine mudo y cine documental mudo

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Evolucion cine mudo

En los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, la industria cinematográfica se transformó en uno de los sectores notorios de la industria americana, generando millones de dólares de beneficios a los productores que tenían éxito.

Las cintas de este país se internacionalizaron y dominaron el mercado mundial. Los autores europeos más notorios fueron empleados por los estudios y sus técnicas se tomaron en Hollywood, que las adaptó a sus fines comerciales. El star system floreció, y las cintas emplearon a las grandes estrellas, entre otras a Rodolfo Valentino, John Barrymore, Greta Garbo, Clara Bow y Norma Shearer, como destacado encantador para el público. El periodo se singularizó igualmente por el intento de regular los valores morales del cine a través de un código de censura interna, desarrollado por la propia industria de Hollywood en 1930 (el código Hays, bautizado así por conducirlo el político y moralista Will Hays). Este tipo de instrumentos de control político moral persistieron hasta 1968 en Estados Unidos.

En la década de 1920 las cintas americanas comenzaron a tener una elegancia y una suavidad de estilo que sintetizaba lo que se había aprendido de la experiencia. Los majestuosos westerns románticos, como El caballo de hierro (1924), de John Ford, exponían la economía y maestría narrativa que anotarían la trayectoria de los gestores clásicos Frank Capra, William Wyler o George Stevens. Mientras, Cecil B. De Mille trataba de enmascarar el erotismo de sus iniciales comedias sexuales, como El señorito Primavera (1921), tras la fachada bíblica de espectáculos como Los diez mandamientos (1923) o El rey de reyes (1927) en los que de facto aparecían orgías y escenas de baño con el menor pretexto.

Dos de los gestores más conocidos de la fase, Ernst Lubitsch y Erich von Stroheim, germánico el primero y austriaco el segundo, demostraron sus sofisticados y desemejantes conductas en la pantalla con sus iniciales obras en Hollywood. El primero dejó los espectáculos que había dirigido en su país para hacer comedias ligeras, románticas, caracterizadas por la sencillez de sus ornamentados, delicadeza de su técnica y encanto personal. En Los peligros del flirt (1924) o La locura del charlestón (1926) manejó con tanta habilidad el tema sexual que conseguía al mismo tiempo exhibirlo completamente y parecer aceptable para los censores. El trabajo de Von Stroheim, por otro lado, más duro y más europeo en su tono, es de una riqueza estrafalario e incluso en ocasiones melancólico, como en Esposas frívolas (1922), en la que contrasta la inocencia americano con la ocaso europea. Su obra maestra sobre la codicia en la sociedad americano, Avaricia (1923), fue reducida por los ejecutivos del estudio de diez a dos horas. La mayoría de lo cortado así pues se ha perdido, sin embargo incluso en su forma abreviada es identificada como una de las obras maestras del realismo cinematográfico.

Las cintas cómicas relacionaron una fase dorada en la década de 1920. A Chaplin se unieron otros dos cómicos, Harold Lloyd y Buster Keaton, a la cabeza del género, ambos continuadores de la tradición de las cintas cómicas de payasadas, de una sola bobina. A lo largo de este periodo, cada uno de estos cómicos dispuso del tiempo y del amparo económico indispensable para realizar su estilo personal. Keaton jamás sonreía, y en cintas como El moderno Sherlock Holmes (1924), dirigida por él, hizo contrastar su gesto impasible con los gags visuales inspirados en sus fascinantes facultades físicas. Harold Lloyd era un cómico temerario que jugaba a menudo con la ley de la gravedad desde grandes alturas. Encarnaba al chico ingenuo peculiarmente americano, como en El estudiante novato (1925), de Sam Taylor y Fred Newmeyer, en el que representa al personaje débil que revela su valentía.

El documental en la fase del cine mudo

Las iniciales cintas eran documentales, ya que se limitaban a exhibir sucesos que ocurrían en la calle: el terremoto de San Francisco en 1906, el vuelo de los hermanos Wright en Francia en 1908 o la erupción del volcán Etna en Sicilia en 1910 fueron sucesos filmados por cámaras de cine que se incorporaban a alguno de los noticiarios Pathé, que siguieron produciéndose hasta cerca de la década de 1950. Pero, una vez que las cintas de ficción se realizaron conocidos, las de factos reales fueron casi completamente abandonadas hasta el surgimiento del documentalista Robert Flaherty a comienzos de la década de 1920.

Su obra Nanuk el esquimal (1922), estudio de la vida de ese pueblo, poseía un alto grado de acercamiento a la intimidad de los personajes, con los que establecía un contacto cálido y que el cine documental mostraba por primera ocasión. A pesar de que su obra ulterior, en especial Moana (1926), terminada por el cineasta de ficción Murnau, y Hombres de Arán (1934) fueran criticadas por lo que tenían de ficción, son obras maestras del género, para el que consiguió el interés del gran público. El documental llegó después a su cenit en Gran Bretaña.

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