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Códices precolombinos

codices precolombinos

Códices precolombinos, manuscritos pintados empleados por los pueblos prehispánicos de Mesoamérica (olmecas, teotihuacanos, mayas, aztecas, etc.), formados por una escritura de carácter logosilábico, esto es, inspirada en señales logográficos (que denominan palabras) y fonéticos (transcriben sílabas), o alfabéticos. El nombre de códice o codex es aplicado, siguiendo la nomenclatura habitual del medioevo europeo, por mexicanistas y mesoamericanistas (arqueólogos o etnohistoriadores) de manera indiscriminada y general a cualquier manuscrito pintado —casi siempre mediante glifos— con una tradición explícitamente indígena.

Características

Las evidencias sobre la existencia de manuscritos corresponden a todas las regiones de Mesoamérica, excepto el occidente del actual México, y aunque tenemos datos relativos al uso de la escritura desde finales de la etapa preclásico, es en el periodo clásico (300-900 d.C.) en el momento en que este tipo de evidencias se generaliza y es posible que la tradición de elaborar códices pueda remontarse a ese periodo, aunque los que han acudido hasta nosotros pertenezcan en su mayoría al posclásico (900-1521) y al momento mismo del contacto entre indígenas y europeos.

En etapa precolombina, los indígenas realizaban sus obras escritas en papeles sucesos con fibras vegetales provenientes del amate y el maguey, en pieles curtidas de animales como el ciervo o el jaguar y en lienzos de algodón. El formato más común era el de biombo o acordeón, durable en una larga tira que se doblaba y plegaba de esa manera. Se añadían, generalmente, unas tapas de madera forradas de piel, por lo que en el aspecto exterior, en el momento en que se hallaban plegados, no diferían mucho de los obras escritas europeos. Una vez abiertos podían alcanzar varios metros de longitud, conociéndose en la actualidad ejemplares que miden más de 14 metros. Debieron existir muchos en etapa prehispánica, sin embargo la sistemática destrucción llevada a cabo por clérigos, empleados públicos y militares, así como su ocultación por parte de los indígenas, han cometido que tan sólo se conserven unos pocos.

Los mesoamericanos evidenciaban en sus obras escritas la historia, la geografía, la genealogía, la economía, la ciencia y la religión. La educación de un noble daba una gran relevancia al conocimiento de la historia, la mitología y la poesía. Debían aprender a leer y redactar, y eso incluía la estructura de poemas, disertaciones y canciones. El señor universal entre los aztecas era denominado huey tlatoani (‘gran orador’). Estos conocimientos se encontraban juntados en sus libros. Gran parte de la literatura precolombina que sabemos nos ha ido a través de transcripciones al alfabeto latino que se realizaron en el siglo XVI, sin embargo otra parte se encuentra en los códices, cuyo desciframiento va progresando hacia una perfecta lectura. Tras la conquista española, la administración colonial y religiosa continuó permitiendo e incluso desarrollando este tipo de escritura inspirada en logogramas, tanto por su utilidad comunicativa y financiera como para el conocimiento de las antigüedades indígenas, favoreciendo así su evangelización, sin embargo el formato de los obras escritas tendió hacia los cánones europeos de encuadernación y estructura por folios y páginas.

Principales códices

Se han preservado pocos códices prehispánicos, sin embargo la técnica se continuó empleando durante la etapa colonial. En el título de los códices mesoamericanos el nombre de códice va unido al de sus antiguos propietarios o detentores (Códice o Codex Borgia), de sus descubridores (Códice Tudela), de sus patronos (Códice Baranda), de su supuesto origen (Códice Tlatelolco) o de la localidad donde se preservan (Códice de Madrid). Otros términos empleados como sinónimos de códice son los de mapa, pintura, tira, biombo, rollo y lienzo. El número de códices que pueden ser considerados prehispánicos es difícil de establecer, ya que no todos los autores concuerdan en su número. Aun así podemos referir los posteriores: cuatro códices mayas, los de París, Dresde, Madrid y Grolier; en la zona central de México, el Tonalamatl Aubin, el Códice Borbónico, la Tira de la Peregrinación y la Matrícula de Tributos; el denominado Grupo Borgia está formado por el Codex Borgia, el Codex Cospi, el Codex Fejérváry-Mayer, el Codex Laud y el Codex Vaticanus; por último, el conjunto de Oaxaca occidental lo constituyen el Manuscrito Aubin nº: 20, el Codex Becker nº: 1, el Codex Bodley, el Codex Colombino, el Codex Nuttal y el Codex Vindobonensis. A pesar de que hay algunos de estos códices que se leen verticalmente, para la mayoría hay que hacerlo en sentido horizontal, de izquierda a derecha o de derecha a izquierda, siguiendo, generalmente, por el lado reverso en sentido contrario. La lectura de cada página es variable, sin embargo, en especial en los códices de Oaxaca, los glifos forman líneas que en varias ocasiones se leen como en meandro, de arriba a abajo y al contrario, dando vuelta en aquellos enclaves donde no hay división lineal. De la agrupación de archivos que se conocen hay veinticinco en formato de biombo. Once proceden de Oaxaca, cinco son los códices del Grupo Borgia; dos proceden del actual estado de Guerrero, cuatro del área maya, y además tienen esta forma el Tonalamatl Aubin, el de Tlaxcala y los códices Borbónico y Boturini, así como la Tira de Tepexpan, del valle de México.

Las denominadas tiras son manuscritos pintados o dibujados sobre una larga tira de piel o de papel de amate, que puede doblarse o enrollarse y se lee de manera muy diferente. Entre ellas merece la pena destacar los códices Baranda y Moctezuma. Los rollos son tiras que no han sido dobladas, sino enrolladas, ya que en el momento en que se pliegan pierden su carácter de rollo. Entre los más conocidos destacan el Rollo Seldem y el Codex Tulane. Los lienzos son porciones, en términos generales de grandes dimensiones, de tela hecha de algodón, fibra de maguey y otros materiales. Debido a su volumen, suelen estar sucesos mediante la unión de varias porciones. Si bien todos los lienzos conocidos son de etapa colonial, es bastante probable que fuera un formato ya usado en etapa prehispánica, aunque, debido a los materiales, no se ha preservado ninguno.

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