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Arte popular latinoamericano

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Arte iberoamericano popular

Arte popular latinoamericano, arte del pueblo para el pueblo, desarrollado por autores anónimos y con un cometido conocido y compartido por toda la comunidad.

Consideraciones acerca de su autenticidad

A pesar de esta definición, en términos generales aceptada, desde el momento en que estas obras han sido reconocidas como algo singular, y como consecuencia de ello han salido de su entorno rural habitual y han accedido en otros niveles de comunicación, se han transformado en algo diferente, difícil de constreñir. De este modo, la funcionalidad que las caracteriza pierde sentido conforme su uso se modifica o pasa a ser propio de un segmento esnob y elitista de la sociedad urbana. Los objetos ya no sirven para escuchar a las necesidades específicas del conjunto (ajuares domésticos, vestimenta, expresiones de devociones religiosas), sino para calificar a quien se interesa por ellas desde fuera. En la línea de los que aseguran que el indigenismo es propio de quienes no son indígenas, se podría asegurar que el arte popular existe porque quienes no lo hacen ni lo viven le dan esa categoría.

Este mismo reconocimiento exterior ha generado importantes cambios en la relación del autor con su comunidad, ya que su realización pasa a no estar condicionada por las necesidades utilitarias a las que alude la definición más generalizada, sino por las valoraciones externas. En numerosas ocasiones, objetos que han caído en desuso debido a las alteraciones propias de una sociedad viva, se siguen elaborando para escuchar la demanda exterior, cuyos representantes se adjudican el derecho a anotar los límites de la tradición, aunque al mismo tiempo cataloguen a estas sociedades campesinas como inmovilistas y preservadoras.

Desde hace años, en muchos pueblos de cualquier país latinoamericano, comerciantes de todo tipo y entendidos, ansiosos de hallazgos que refuercen su economía y su prestigio entre su círculo, han adquirido objetos convencionales desechados por la comunidad porque ya no responden a sus necesidades, vendiéndolos en el mercado de arte urbano.

En su opinión, ellos -los extraños- se han transformado en los defensores de las tradiciones conocidos, mientras que los propios autores y consumidores han pasado a ser considerados como los culpables de su evanescencia. En muchos casos, el arte popular se ve incluso presionado para reanudar modelos inspirados en un pasado histórico, que se tiene la voluntad de evidenciar desde instancias oficiales y que en otras circunstancias se podrían considerar como anacrónicos y obsoletos, negándole su aptitud de modificación desde dentro y en cometido de valores propios.

Las razones de todas estas intromisiones son muy variadas. Desde principios de este siglo, la recobración del arte popular se ha transformado en muchos países en referencia forzada de manifestaciones nacionalistas, al considerar sus valores autóctonos con los valores nacionales.

Paralelamente, desde el siglo XIX, se viene produciendo una cíclica revalorización llevada a cabo por intelectuales descontentos con la marcha del mundo moderno y en estable búsqueda de los orígenes, que una y otra vez se amparan al mundo campesino para satisfacer sus anhelos de autenticidad. Sin desatender la estable manipulación sufrida en cometido de los intereses del mercado, que populariza lo que sólo son imitaciones descontextualizadas de los verdaderos objetos de uso.

Su definición se dificulta al rastrear su independencia frente a otros con los que, en muchos casos, se pone en relación como arte primitivo, etnología, artesanía o tradiciones conocidos.

El arte popular en América Latina

Condicionado por una tradición histórica con un establecido carácter diferenciador, frente a la de otros países, el arte popular latinoamericano vive con intensidad esta problemática, en especial en el momento en que sus obras adquirieron ese valor de símbolos de las raíces autóctonas en países en busca de una identidad nacional, en la que aglutinar a una población múltiple. En 1921, año del primer centenario de la independencia mexicana, una exhibición denominada Las artes conocidos en México, que se exhibió en Los Ángeles y en México, sirvió de marco a la expresión de un ideario muy concreto. A su cabeza se encontraban algunos de los pintores mexicanos más notorios de la actualidad, como Jorge Enciso y Roberto Montenegro. Y uno de ellos, Gerardo Murillo, conocido bajo el seudónimo de Doctor Atl, publicó lo que puede considerarse como el catálogo de la muestra; allí se ofrecen los criterios que nutren una manera de considerar lo popular con lo indígena. A partir de ese momento, el círculo más progresista de intelectuales y artistas mexicanos hizo del arte popular uno de sus propósitos preferidos. La relevancia de este movimiento rebasó los límites de la República y pronto comunicó sus inquietudes a otros puntos del continente americano. Perú llevó a cabo su propio hallazgo del arte popular de mano del pintor José Sabogal.

Por ello no es extraño que en ocasiones se dude en considerar si lo que se llama arte popular es una realidad o una categoría ficticia que va variando a cada paso, desarrollada precisamente a partir de la actualidad en que agrupaciones ajenas a su realización y a su uso toman la decisión de integrar sus obras al terreno de lo decorativo, incluyéndolas en un espacio en el que destacan por su discrepancia y por su exotismo.

Las peculiaridades del arte popular latinoamericano agregan complejidad al tema, ya que la diversidad de sus fuentes enriquece su realización. Se puede indicar el comienzo del siglo XX como el punto de partida del nacimiento de una manifestación de la realización artística de las poblaciones campesinas, como depositarias de unos ancestrales valores culturales a los que tienen la voluntad de servir los ideales políticos de la actualidad.

Pero el debate sobre la construcción de lo ordinario y los instrumentos que parten el coloquio del individuo con el mundo sobrenatural, en un entorno multicultural como es el americano, no debe compendiarse realizando del artesano o del artista popular una figura demasiado cercana a la del buen salvaje de Rousseau.

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