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Arte griego: la escultura durante el periodo arcaico

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Fran GarcíaFran García

Escultura periodo arcaico grecia

A lo largo del periodo arcaico, con la prolongación geográfica y financiera de la civilización griega, el crecimiento de la riqueza y los contactos con el exterior favorecieron el avance de la arquitectura y la escultura monumental. Ambas se realizaron con el mármol y la piedra caliza que abundaban en Grecia. Los templos alojaban imágenes de los dioses y se encontraban ornamentados con esculturas y pinturas. Esta última experimentó igualmente un gran desarrollo en la ornamentación de vasijas, que fueron destacadas objetos de comercio.

La escultura

El Apolo Strangford, estatua de mármol de Limnos, Grecia, fechado hacia el 500 a.C., representa uno de los modelos de estatua masculina de pie desnuda o kouros, que se pueden encontrar en la escultura de la fase arcaica. Apolo, dios de la luz, de la pureza y del Sol fue muy representado en el arte antiguo griego.

Los griegos comenzaron a esculpir en piedra inspirándose en las piezas monumentales de Egipto y Mesopotamia. Las esculturas de bulto redondo compartieron la solidez y la característica posición frontal de los modelos orientales, sin embargo, como podemos evidenciar en la Dama de Auxerre (c. 630 a.C.) y en el torso femenino encontrado en el santuario de Hera en Samos (c. 570 a.C., ambas en el Museo del Louvre, París), sus formas son más dinámicas que las de la escultura egipcia. Las esculturas masculinas y femeninas, a partir en torno a del año 575 a.C., evidencian en sus caras la denominada sonrisa arcaica. A pesar de que esta expresión no parece seguir razones específicas en las figuras o circunstancias en las que aparece reproducida, quizás fue empleada por los griegos como un artificio que suministraba a las figuras un carácter humano caracterizador.

Las tres tipologías que prevalecieron fueron el joven desnudo (kouros) y la doncella vestida (kore), ambos en posición erguida, y la mujer sedente. En todos ellos aparecen acentuados los destacados rasgos del cuerpo y expresan, cada vez más, un conocimiento necesario de la anatomía humana. La razón de ser de la representación de estos jóvenes fue por una parte de índole sepulcral y por otra de carácter votivo. Algunos de los ejemplos más sobresalientes que se conservan son el primitivo Apolo de Tenea (540 a.C. Alte Pinakothek, Munich), el Apolo de Piombino (510 a.C., Museo del Louvre) y el Apolo Strangford (c. 500 a.C., Museo Británico, Londres), encontrado en la localidad griega de Lemnos, una obra bastante más tardía. En dichas obras, a discrepancia de otras más antiguas, puede observarse un estudio más detallado de la estructura muscular y anatómica. Las figuras femeninas, vestidas y de pie, ofrecen una amplia diversidad de expresiones, tal y como puede observarse en las esculturas del Museo de la Acrópolis de Atenas. Sus ropajes están tallados y pintados con la delicadeza y la meticulosidad características de la escultura de este periodo.

Los relieves, que se realizaron con ulterioridad a la escultura exenta o de bulto redondo, representan por lo general figuras en movimiento. Los frisos del tesoro de Sífnos, en el templo de Apolo en Delfos (Museo Arqueológico de Delfos), que exhiben una de las batallas del conflicto bélico de Troya, son uno de los ejemplos más admiradas de la fase arcaico medio (c. 580 a.C.-535 a.C.). Otra muestra destacada es el frontón del antiguo templo de Atenea en la Acrópolis de Atenas, del que se conservan algunos fragmentos (Museo de la Acrópolis), que representa un combate entre dioses y gigantes. Entre los ejemplos de la fase arcaica tardía (c. 535 a.C.-475 a.C.) destacan las esculturas de los frontones del templo de Afaya en Egina (actualmente en la Gliptoteca de Munich). Las figuras del frontón oriental parecen tan repletas de vida como los atletas que describió el poeta Píndaro. Hasta el siglo XIX no se inició a apreciar el merecimiento artístico de la escultura de la fase arcaica.

Los escultores de la fase arcaica siguieron fundiendo esculturas en bronce. Los ejemplos del siglo VI a.C. describen los músculos de manera esquemática mediante la representación de un estrecho arco en el límite bajo del tórax y unas marcas horizontales. Las esfinges y otras formas desarrolladas en piedra sirvieron como florones, yelmos o lápidas.

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